Los senderos que llevan al mar

Si cierro los ojos y pienso en el presente de mi vida laboral, representada con alguna imagen, me imagino sentada en la desembocadura de un río; si miro hacia el frente veo el mar. Si veo hacia atrás veo cuatro vertientes de un río delta; cada vertiente tiene su propio recorrido y provienen de lugares distintos, pero al final se unen y se vuelven uno con el inmenso mar.

El mar representa el mundo en que los seres humanos nos desarrollamos laboral y profesionalmente; infinidad de lugares, pensamientos, creaciones, herramientas, movimientos, interacciones, palabras y muchas cosas más, puestas en marcha y sucediendo al mismo tiempo, como un inmenso un mar lleno de vida. En este mar tengo la fortuna de navegar en un velero llamado Transformación.[1]

El río delta y sus cuatro vertientes representa cuatro senderos que recorrí hasta llegar frente a ese mar; hubo muchos otros senderos muy importantes, en los que pude aprender y conocer a personas que atesoro en el corazón. Ahora sólo hablaré de esos cuatro senderos en los que, a través de cada paso, se grabó la esencia de mis padres y abuelos en mi quehacer profesional. Si bien somos encargados de darle forma a nuestra identidad y conectar lo que hacemos con un propósito personal y aquello que despierta nuestra pasión, realización y talentos, creo que mucho de lo que determinan nuestros gustos, preferencias o incluso aquello que llamamos vocación, la gran mayoría de las veces está íntimamente ligado a nuestros afectos más profundos.

Las cuatro vertientes del Delta: azul, verde, amarillo y rojo[2]

El primer sendero acompaña a un río azul. Es el río que representa la influencia de mi papá. Creo que siempre me ha producido mucha satisfacción y agradecimiento el hecho de que mi padre sea un enamorado de los libros. Gracias a su amor transmitido a mí en forma de letras, fue fácil para mí amar la historia, la literatura, la poesía y todo aquello que tuviera aroma de libro viejo.  En ese río azul también está la responsabilidad, la rigurosidad, el esfuerzo, la honorabilidad, honradez, compromiso y la entrega al trabajo. La belleza de auto-construirnos a través de nuestras acciones y el compromiso de contribuir con aquello con lo que nos ganamos la vida. Quizá tenía ocho o nueve años cuando me enteré que aquello que tanto me gustaba leer y aprender de mi papá, podía estudiarse como carrera y ser un trabajo real. Desde ese momento fue un sueño para mí estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Nunca me decidí entre Historia o Filosofía, así que elegí una carrera que contenía ambas: Estudios Latinoamericanos.

Otro sendero acompaña al río amarillo. Ese río representa la influencia y enseñanzas de mi abuela materna, Guadalupe. Ella murió mientras yo estaba en la universidad y no se cansaba de decirme que no sería historiadora o filósofa, que mi destino era leer el futuro de las personas a través de leer el tarot, las cartas españolas o las manos de las personas. Mucha gente creía que mi abuela estaba loca, otros tantos como una bruja o hereje, otros simplemente la veían como una mujer ignorante. Pero muchos más la veían como una guía espiritual y tenían fe en cada una de sus palabras. A mí abuela la visitaba casi todos los días una o más personas para saber de su futuro, consultar alguna decisión o para sanar. No era raro para mí conocer personas que ya conocían a mi abuela y que estaban agradecidas con ella por ayudarlas a sanar. Para mí, eso era ella: una sanadora. Aunque mi mamá no estaba de acuerdo y siempre me dijo que no creyera en eso que me decía, mi abuela me enseñó de la importancia de la vida espiritual, lo importante de escuchar a los demás y una convicción profunda de que las palabras sanan.

El tercer sendero acompaña a un río verde.  Este río representa para mí a mi abuela paterna, María; me llena de fuerza y dignidad mirar en ese río verde. Aunque nunca fue particularmente cariñosa, ella fue quien me llevó a mi primer viaje en tren. Fuimos a Zirahuen, Michoacán, donde ella nació y donde dio a luz a sus primeros tres hijos; el segundo, fue mi papá. Zirahuen significa Espejo de los dioses y Michoacán Lugar de los pescadores. Me enamoré de la casa de mis bisabuelos Rafael y Rafaela, del árbol de aguacate del patio, del olor en la cocina con estufa de piedra, de las casas con tejas y lo cerca que estaba la laguna. Zirahuen es un vocablo purépecha. Las raíces de mi familia paterna son tarascas y en nuestra piel y corazón hay un profundo amor por el campo, los animales, la naturaleza, la vida sencilla. La abundancia tiene un significado distinto al dinero: es la tranquilidad en el alma, la honestidad del trabajo, la mesa con comida que se comparte con la familia, el saber usar el poder curativo de las plantas, el respeto a los ancestros.

El último sendero es el que avanza con el río rojo, que representa la influencia en mí de mi mamá y todo lo que aprendí y sigo aprendiendo gracias a ella. Es el último de los cuatro no porque sea menos importante, sino porque fue el que más me tardé en reconocer en lo que hago. Para mi mamá siempre fue muy importante el apoyo a otros, el elegir y actuar teniendo en cuenta lo que es mejor para todos o al menos para la mayoría, la voluntad de buscar soluciones conciliadoras. Esta visión desde la que todo requiere tomar una perspectiva de gente, es algo auténtico y natural de mi mamá. Mi mamá es mi mejor maestra en la conexión con el corazón, de sentir y llorar con las películas, de cantar con sentimiento; ella me enseñó desde su ejemplo la fuerza y la valentía que se requiere para ser vulnerable y para perdonar; lo importante de escuchar y tomar en cuenta las emociones y posturas de los demás y, sobre todo, de tomar las oportunidades de contribuir y colaborar.

Gracias a andar estos cuatro senderos en tan valiosa compañía, llegué a salvo la orilla de un inmenso mar con el corazón lleno de enseñanzas y valores. En este mar he sido igual de afortunada, con maestros, amigos, compañeros y socios con los que puedo navegar y crear, honrando la historia, los senderos y los propósitos de cada uno de ellos.


[1] Transformación hace referencia a las formas en las que tengo la fortuna de participar en este mar donde los humanos damos forma al mundo a tavés de nuestro trabajo. Ya sea mediante la docencia en Historia, el ejercicio de la consultoría en Gestión del Cambio, la Capacitación, el Coaching ontológico o la terapia sistémica, en lo profundo hay para mí un mismo propósito: la transformación y el crecimiento de los seres humanos en nuestras comunidades y estructuras organizacionales.

[2] Estos colores, hacen referencia a los utilizados por Ned Hermann en su libro “The Whole Brain Book”, asignando el color azul para la preferencia cerebral “A” o Familia Racional, el verde para la preferencia hemisférica cerebral “B” o Familia Organizada, el color rojo para la preferencia hemisférica cerebral “C” o Familia Sentimental y finalmente el amarillo para la preferencia hemisférica cerebral “D” o Familia Experimental.